Desde que en 1987 los países sudamericanos suscribieron el Plan Hemisférico de Erradicación de la Fiebre Aftosa (PHEFA), el número de casos clínicos ha decrecido sensiblemente en todo el continente. A principios de los noventa, los laboratorios nacionales estaban diagnosticando un promedio de 766 casos de fiebre aftosa anuales. A finales del decenio, la media continental había bajado a 130. A finales de los años noventa, la comunidad internacional concedió a Argentina, Chile, Guayana y Uruguay el estatuto de países libres de fiebre aftosa sin vacunación. En 1999, un 60% de las cabezas de ganado vacuno del continente no presentaba signos clínicos de la enfermedad. Esos ejemplares, presentes en más del 60% de la superficie del continente, correspondían a un 41% de los rebaños de toda Sudamérica. Sin embargo, en primavera de 2001 la fiebre aftosa reapareció en algunos países del Cono Sur. Ese rebrote generalizado en Argentina, Uruguay y el estado brasileño de Rio Grande do Sul vino a poner en tela de juicio la premisa fundamental del PHEFA, a saber: que los países de Sudamérica son capaces de obtener y perpetuar la condición de países libres de fiebre aftosa, ya sea con o sin vacunación. Los autores afirman que, prestando apoyo al PHEFA, esos países pueden recobrar su perdida condición de “libres de fiebre aftosa”. Para ser fructífera, una estrategia de erradicación debe prever niveles elevados de vacunación, una respuesta eficaz ante cualquier brote y el control de los movimientos de animales. Además debe instaurarse a escala regional en lugar de nacional, y reposar en métodos de análisis de riesgos. La realización de campañas multilaterales de vacunaciones y de actividades sobre el terreno para garantizar que esas campañas se aplican por doquier y de forma simultánea, junto con las labores de prevención primaria y las actividades conjuntas en zonas fronterizas, son la clave para erradicar la fiebre aftosa y mantener zonas libres de esa enfermedad.