Resumen (continuación)
Los animales salvajes también pueden actuar como anfitriones que introducen o transportan el patógeno al desplazarse a nuevas regiones, como ocurre con los virus de la dermatosis nodular contagiosa, de la fiebre del Valle del Rift y West Nile. Además, la fauna salvaje ejerce a veces de anfitrión amplificador, al verse expuesta a los virus al inicio de la estación cálida, cuando los vectores son activos, y diseminarlos después entre los animales domésticos al ir avanzando la estación, como es el caso de la lengua azul o la peste equina. Ciertas especies de garrapatas presentes en la fauna doméstica son más abundantes en los anfitriones salvajes, y algunas de ellas dependen del anfitrión salvaje para completar su ciclo vital. Toda vez que la estabilidad endémica de una enfermedad depende de la existencia de una población de garrapatas lo bastante numerosa como para que los animales domésticos resulten infectados a una edad temprana, la presencia de anfitriones salvajes que acrecienten el número de garrapatas puede resultar favorable. Muchas especies de ungulados salvajes son reservorio de Anaplasma spp., mientras que la función de la fauna salvaje en la epidemiología de la cowdriosis (infección por Ehrlichia ruminantium) está aún por dilucidar. Normalmente los ungulados salvajes no son reservorios de piroplasmas que afecten al ganado, pero hay dos excepciones: Babesia caballi y Theileria equi en la cebra y Theileria parva en el búfalo. La infestación por Theileria parva en los búfalos causa en el ganado vacuno la enfermedad de Corridor, que parece ser una enfermedad que se autolimita al ganado, por lo menos en el África meridional. Los animales salvajes constituyen un importante reservorio de la infestación por Trypanosoma spp., transmitida por la mosca tsetsé. La distribución y abundancia de algunas especies de tsetsé, como Glossina morsitans y G. pallidipes, guardan estrecha relación con la presencia de sus anfitriones salvajes predilectos.