Desde octubre de 2001 se ha planteado repetidamente en muchos países la posibilidad de que surjan brotes de enfermedad de origen intencionado. Aquí se repasa la historia de este tipo de episodios y sus consecuencias, lo que para muchos puede ser sorprendente por todo lo que resulta posible y por el grado de incertidumbre que, pese a todo, rodea ese riesgo. Al mismo tiempo, podemos estar seguros de que las ‘antiguas’ enfermedades seguirán presentes. En nuestra economía mundializada, lo que ocurre en un rincón del globo puede suponer en poco tiempo una amenaza para todos. La actual pandemia de influenza aviar por el virus H5N1 nos recuerda que no sólo deben preocuparnos las amenazas inherentes al comercio mundial, sino también las aves migratorias, ajenas a todo tipo de fronteras y reglamentos.

Nuestra capacidad y confianza para hacer frente a brotes de origen intencionado cuando y donde surjan, si tal cosa llega a ocurrir, dependerá de la eficacia con que nos hayamos preparado y hayamos afrontado brotes de enfermedades tradicionales o emergentes. El costo de una enfermedad aumenta aun cuando su incidencia pueda disminuir. Y cuanto más sano y productivo es el ganado, más dependemos de un cuerpo de veterinarios cada vez menos ducho a la hora de enfrentarse a epidemias. Ello supone que la planificación y formación deben reposar en modelos válidos. Para evitar que cunda el pánico es indispensable que las comunicaciones sean transparentes. Los laboratorios, por su parte, deben estar en condiciones de responder a puntas de trabajo y de realizar investigaciones forenses. En esta publicación, una serie de reconocidos expertos examinan estos y otros aspectos que son básicos para fijar el rumbo que debemos seguir, tales como, por citar sólo algunos, la observancia de las reglas de la OIE por parte de los servicios veterinarios, la rapidez de detección y respuesta en el caso de brotes, el registro de rebaños, el diagnóstico rápido sobre el terreno y la obtención inmediata de datos o la coordinación entre organismos.