Los autores examinan diversos episodios que han tenido lugar en Norteamérica relacionados con la posibilidad de desastres biológicos de origen animal. Por lo que respecta a brotes zoosanitarios por causas naturales, esa región, aunque menos afectada que otras por las epizootias, no ha dejado de sufrir un buen número de brotes de enfermedades animales, tanto “tradicionales” como emergentes. Entre las primeras figuran por ejemplo el carbunco bacteridiano, la peste porcina clásica, la lengua azul, la brucelosis, la fiebre aftosa o las virosis de la familia de la encefalomielitis equina. Entre las enfermedades emergentes hay dolencias relativamente nuevas como el síndrome multisistémico de desmedro post-destete o el de mortalidad de pavipollos por enteritis, o ejemplos recientemente descubiertos de encefalopatías espongiformes transmisibles. En Norteamérica, además, se dan de forma natural o han aparecido en los últimos decenios una serie de graves enfermedades humanas en las que intervienen vectores o reservorios animales: peste, hantavirosis, viruela símica, fiebre West Nile o gripes derivadas de la influenza aviar. Al mismo tiempo, en Norteamérica ha habido muy pocos ataques intencionados contra el ganado con agentes biológicos, y no se ha registrado ningún caso de utilización deliberada de animales para transmitir enfermedades a las personas. A juzgar por la historia, en consecuencia, la mayor amenaza por lo que respecta a los desastres biológicos de origen animal radica probablemente en las zoonosis emergentes inducidas por causas naturales. Sin embargo, dentro de las características generales de la actividad terrorista se observan ciertas tendencias, como la intensificación de los actos contra instalaciones de investigación animal por parte de extremistas que enarbolan los derechos de los animales, que impiden descartar la posibilidad de que se produzcan desastres biológicos de origen intencionado vinculados al mundo animal.